lunes, 30 de noviembre de 2020

Reflexiones en el camino

 En esta nueva "entrada", o escrito voy a dejarme fluir un poquito, a escribir sin un tema preconcebido. 
Me encuentro en el aeropuerto de Atlanta, GA. después de haber pasado unos días en casa de Paola y Rafa y conviviendo con la familia de Pao en Memphis, TN. 

El pretexto fue el día de acción de gracias, o Thanksgiving, que siempre es muy esperado en EEUU y que siempre es una celebración bonita. Y procuramos hacerla así. 

Rafa es un excelente cocinero y me sorprende lo mucho que le gusta, lo mucho que ha aprendido y cómo logra platillos muy bien guisados, condimentados y que dejan un corazoncito lleno... 

Le comentaba que la película de "Como agua para chocolate" trata de la comida y las celebraciones u ocasiones especiales en la familia. ¿Ya la han visto? 

Esta espera es una oportunidad para reconocer y vivir que no todo está en nuestro control. Los imprevistos suceden y como tal, al ser imprevistos, nos toman por sorpresa. Nos ponen enfrente una situación que no esperábamos, no nos gusta, y nos "mueve el tapete". Y esa es precisamente la oportunidad para aprender a reaccionar, o mejor dicho, a responder y no dejar que la primera reacción sea la que domine. 

No debemos ser personas reactivas porque en el espacio entre el imprevisto y la manera en la que decidimos responder está la paz interior, el crecimiento, la oportunidad de respirar... 

domingo, 27 de enero de 2019

Hoy es domingo...



Hoy ha amanecido y como es domingo, me he vuelto a acostar sin ninguna preocupación, sin ningún remordimiento.
Ese sentimiento de paz, de relajación que nos regalan los domingos en los que no tenemos ninguna cita es algo maravilloso, sobre todo en la era del estrés, de las prisas, de "las carreras" como dicen en uno de mis tantos pueblos en los que he vivido.

Y al regresar a la cama, al estar en ese delicioso segundo "pestañazo" me desperté recordando los domingos en mi pueblo, Ayutla, el original (porque ahora soy como Facundo: ni de aquí ni de allá).

Aún antes de despertarnos, de que mi tía Julieta se levantara del catre donde durmió tanto años en la Casa Grande -junto a la ventana- y al cual yo acudía para ser aún más consentido en mi primera infancia, sonaban ya los ruidos maravillosos de un mundo que ya se fue, que ya no existe. Yo cerraba los ojos y me metía debajo de la sábana y esa cobija roja y negra, de cuadros para escuchar esos ruidos: los chillidos de los marranitos arrancados de sus madres y sus tetas, amarrados del cuello y arrastrados al puente sobre el Palate- el río que pasa junto a la casa- mientras se llegaba la hora de llevarlos a vender al mercado era uno de esos primeros ruidos; luego venían los diálogos a grito pelado, a veces en español, a veces en mixteco o en idiomas de los que conozco poco y conocí aún menos en esos años; y a veces los gritos y las pedradas y las molestias a Chencho Palomo, el ciego del pueblo y al cual los niños no le tenían piedad ni misericordia. Ni siquiera los domingos.

Y por supuesto, el domingo era uno de los días más activos en "La Perla del Pacífico" la magnífica tienda de mis bisabuelos. Se llenaba de clientes de todos los ámbitos, de todos tamaños, de todos colores. Entraban diciendo, exigiendo, casi gritando "¡Quiero!" y la respuesta obligada era "¿Qué quiere?" y sólo entonces venía la respuesta, "Quiero clavos", o "Quiero tantos metros de mecate", o quién sabe cuántas cosas.
Esa tienda tenía todo tipo de mercancias: clavos y tornillos, sobres para cartas, crema para el cabello "Wildroot", pilas "Ray-O-Vac" y "Eveready", mecate (lazo) en varias medidas y unos carretes enooormes, ropones para bautizo, lámparas de petróleo, yodo líquido, creolina, telas por metro, tinas de acero galvanizado en todos los tamaños, machetes, galletas en latas cuadradas de 20 litros de capacidad, chicles "Adams" y dulces en frascos a los que asaltábamos a cada rato, cajas de lápices de colores con una brujita y cuadernos escolares, navajas para rasurar, velas de cera, brillantina para el cabello "Jockey Club", cigarros "Faros", y ya-no-recuerdo-cuántas-cosas-más en las repisas, estantes, anaqueles y claro, en las dos bodegas que estaban atrás de la tienda. Tenían un gancho con una vara enorme, como de bambú para bajar las cosas que colgaban de la viga o que estaban fuera de todo nuestro alcance.

Y esas mercancías se vendían durante todo el domingo en más cantidad y en un horario continuo de 7 am a 8 pm, siempre bajo la mirada atenta de Papa Chú, el bisabuelo estricto que nos tocaba una campanilla para reunirnos para el desayuno y una campanota de cobre para la comida. Eso sí, la tienda no se podía dejar desatendida durante las comidas y ¡ni hablar de cerrarla! Se turnaban mi madre, Conchita, y mi madre postiza, Mami Yuli, a veces la tía Lucía para que los clientes siguieran siendo atendidos...

Asistir a misa, a menudo a fuerzas, casi arrastrados como marranitos de mercado era parte del domingo, y pocas veces nos salvábamos porque había que quedar bien ante la tía Lucía y en Ayutla el qué dirán está más en la sangre de la gente que el mismo ADN. El pueblo entero vive todavía para evitar dar muestras de nada mientras que todos hablan mal, "chismean" de todos y de todo. Así que en la misa teníamos que aguantar, resistir para poder irnos corriendo al río a nadar después. Ese era el premio. Mientras tanto, allí estaban las visiones de las imágenes de Jesús en un ataúd con paredes de vidrios, lleno de sangre, con la corona de espinas y las muestras de los clavos en las manos y los pies. Las de los santos y las vírgenes, la del Cristo en la cruz, quizá con más sangre. Las bancas llenas de gente, mujeres blancas, pudientes, con velos en la cabeza y abanicos que se movían sin cesar -porque al igual que los musulmanes que hoy son tan criticados- las mujeres en el catolicismo también eran impuras o al menos indecentes si entraban al templo sin velo. Estaban las mujeres que con todo y velo sacaban el seno moreno para alimentar al crío, pequeño o grande- y que claro, eran centro de las miradas flamíferas de las mujeres blancas 'decentes', las de las familias que hoy vemos en la película de Roma, eran prontas para darse golpes en el pecho con el yo pecador mientras que discriminaban a todos quienes consideraban menos: los indios, los guancos, los prietos, los negros de la costa, etc.

Cuando salíamos de la misa dominical corríamos a casa a ponernos los trajes de baño y a buscar a los primos para ir al río, al Tlachichoco en algún tiempo, al Resbaladero las más veces, con Chuchín y Paco. Íbamos con toallas de playa, con pelota, con cuanta cosa se nos ocurría. A veces íbamos al Remanso, la parte más limpia del río, pero había que caminar mucho más. El Remanso fue nuestro años después, la parte a la que siempre íbamos pero ya cuando teníamos doce, trece años y acompañados de otros primos, Joel, Illich, Karen, Cindy, Pol, Yul...  y pasábamos a comprar una paleta de ida para aguantar el calor, y otra de regreso, porque ya veníamos sudando de nuevo, a pesar de venir frescos del río...

Al caer la noche y llegar la hora de cerrar la tienda, se hacían las cuentas en la tienda, se contaba el dinero del cajón, ese que estaba bajo la parte del mostrador cubierta con lámina y remachada con clavos que a veces nos raspaban la parte anterior de los muslos al sentarnos y brincar al suelo.
Se cerraban las puertas, con aldaba en el centro, con pasador abajo y arriba, y con tranca de madera, como me decían se hacía en la época de la revolución, de cuando venían los alzados... Así terminaban los domingos en mi pueblo.

En fin, hoy es domingo, pero mis domingos ya son de otro mundo, de otra era...

lunes, 6 de agosto de 2018

El descalabrado del Tlachichoco

Esta no es una leyenda, a pesar de lo que el título sugiere. Es una historia de la vida real que nos tocó vivir cuando teníamos unos 11 ó 12 años. Debe de haber sido en el ’79 o en el ‘80 porque el “Valiant volare” anaranjado de mi padre estaba casi nuevo. Fue un jueves a mediodía que llamó mi padre por teléfono: “Arreglen las cosas que nos vamos a Ayutla”. No sé de dónde nos salió la idea a mi hermano y a mí y nos atrevimos a preguntar si podíamos llevar a Fernando y a Raymundo, dos primos hermanos, y menos aún sabemos por qué mi padre, sin mucha insistencia de parte nuestra nos dijo que sí. Tampoco sé las razones que mi padre le daría a mi madre para no llevarlas a ella y a mi hermana. El caso es que nos fuimos a Ayutla “solo los hombres”: mi padre, mi hermano, mis dos primos y yo.

Para cuando amaneció el viernes, ya íbamos fuera del D.F. y después de dormitar un rato nos despertamos de lleno en las curvas bajando de Cuernavaca a Iguala. Solo Rayo iba dormido, y por cierto babeando... Al despertarse preguntó “¿Qué, ya vamos de regreso?” lo cual nos dio mucha risa. En eso estábamos cuando Rafael, quien iba al centro del asiento trasero, alcanzó a decir un “chale” entre líneas, y mi padre le dio unos buenos coscorrones, insistiendo que “hablara bien”. Las risas se acabaron por un rato, pero el mensaje había quedado flotando: nos íbamos a tener que cuidar de hablar sin groserías y frases aprendidas en la “unidad”, allá en la colonia Iztacalco o cerca de la casa de Rayo, allá en San Jerónimo, o por supuesto, con los amigos en Villa Coapa.

Ya en Ayutla, más tardamos en llegar a casa de mi tía Lucía que en ponernos en traje de baño y salir “disparados” al río. Era mediodía y no podíamos irnos hasta el “remanso”, aguas arriba, porque implicaba caminar más de media hora con el sol de lleno. El río Ayutla está “dividido” en partes según sus nombres, siendo el remanso la parte más alta, luego la poza azul, el resbaladero, la ceiba, el tlachichoco, la cazuela, el salto…

Quién sabe qué nos picó ese día que llevábamos toallas de playa (creo recordar que Rafael tenía una con franjas rojas simulando un vestidor detrás del cual asomaba las piernas una muchachona y yo llevaba una de sirena...), grabadora con los casetes de “Kiss”, pelota, y un tambache de cosas que apenas podíamos cruzar el río sin que se nos mojara todo. En fin, parecíamos Acatecos, vendedores de Acatlán, famosos por cargar con grandes cargas de mercancía.

Decidimos pues quedarnos atrás de la casa de Chú Avilés, en el Tlachichoco, lugar donde el río se separaba en dos brazos y la especie de isla que quedaba en medio era bastante amplia. Pasada ésta encontrábamos una buena corriente, un túnel entre las piedras al que llamaban “la cueva” y a los lados dos grandes piedras de las que se podía brincar al agua para llegar al otro lado con las habilidades de chango, o mejor dicho de los ahora extintos en Ayutla “perros de agua” o nutrias de río, para salir y entrar del río sin resbalarse en las piedras a veces llenas de jabón por la ropa que ponían a secar las señoras. Se podía jugar al pinto, una variante de “la roña” o “las traes” (por acá en Chihuahua los niños dicen “la trae”).

Llegamos a las piedras donde acostumbrábamos poner las cosas y allí estaban ya los chamacos jugando desde hacía rato, bien renegridos por el sol y bañándose en trusa los unos y los otros chirundos. ¡Y “pa’ luego es tarde”! Nos metimos a nadar como si se nos fuera la vida en ello. Alguien empezó el juego del pinto y apenas se lanzó Rafael al río en pos de la corriente que quedaba entre la cueva y la piedra, le falló el cálculo y se dio con toda la fuerza del salto y del impulso en la frente, justo en la comisura del cabello: salió gritando un “Pérate, pérate” ¡y con la cara bañada en sangre!

Le dijimos que corriera para donde el doctor, pero recordamos a mi padre: “¡No vayas con mi tío Chucho, allí está mi papá y te va a pegar!” Así es que ya en la calle, enfrente de la primaria, corrió para la "Casa Grande" (la de mis bisabuelos maternos), pero alguien más gritó “¿Y si mi tío está en la casa?” Por lo que Rafael se dio media vuelta y corrió para la casa del tío Chucho. Se oyó un grito: “¡Mi tío se fue a la casa de Chucho!” Y Rafael corría para un lado, y luego para el otro, mientras le seguía saliendo sangre que le escurría por la cara. Esto nos tenía asustados y no sabíamos qué hacer. Al final, tuvo que decidir y se fue con el tío Chucho, y mi primo Rico lo llevó con el doctor, a dos cuadras de allí. Según me contaron, le sacaron media cucharada de arena y le pusieron cuatro puntos y sus respectivos vendoletes, pero no sin antes rasurarle el copete. No lo vi porque me tuve que quedar a llevar los tambaches de babosadas que habíamos llevado al río, y tuve que hacer dos o tres viajes desde las piedras hasta la orilla de la casa de Chú Avilés, y de allí otros tantos a la casa de mi tío Chucho. Para cuando llegué, ya traían al descalabrado de regreso y nos tardamos un buen rato en animarnos a comer algo delicioso seguramente, de lo que la tía Bellita preparaba en esa cocina de piso de tierra, famosa entre los primos por los pasteles y el relajo que echábamos en la mesa.


Después vino el plan: “Vámonos a la Casa Grande, pero ¿quién entra primero? Si entra Rafael, le van a pegar por ‘bembo’ (zonzo o menso). Mejor entramos todos y al final Rafael”. Así lo hicimos, y al pasar por la puerta verde de la trastienda, nos ve mi padre y se levanta como si hubiese tenido un resorte, con la mano levantada, presta a dar uno de los temidos coscorrones, y nosotros que le dijimos “¡No le pegues porque allí tiene la descalabrada!” Pasaron unos segundos, no sé cuántos, y finalmente se sentó en la silla, se río con la cerveza en la mano y preguntó qué había pasado. No recuerdo qué dijimos, ya que solo nos preocupaba el hecho de que no nos dieran una tunda, y ¡nos salvamos! Claro que esa imagen de Rafael saliendo del agua, con la sangre en la cara y diciendo “pérate, pérate” se nos quedó en las pláticas y las anécdotas que todavía nos dan risa, y nos llevan a recordar esas buenas aventuras en Ayutla.

lunes, 30 de julio de 2018

Movin' Out

Bueno, es tiempo de hacer limonadas.

La vida me ofrece limones Montessori, después de haberme hecho pato una que otra vez, es momento de tomar la oportunidad. La oportunidad estuvo tocando a la puerta desde que Nallely hizo su entrenamiento en CdMx y me platicó que "eso era ideal para mí".

Esther se encargó de confirmarlo y el "Colegio de la abejita" (que no lo es, sino que es una libélula) ofreció la "Orientación para estudios de adolescentes" y pensé que esa era mi oportunidad.
Bueno, todavía no. No pudimos conseguir los fondos necesarios, pero bien dicen que todo pasa por algo. En esta caso, el "algo" fue una serie de grandes enseñanzas para mí, desde el pleno convencimiento de tomar la orientación que fue cocinándose hasta alcanzar su mejor punto, hasta el evento que me mostró sin lugar a dudas el lugar en el que uno ya no pertenece, por muchas razones.

Así que ahora, con la sorpresa de que todas las fichas van cayendo en su lugar preciso, en el momento preciso. Pero no quiero ser malentendido: no sólo las circunstancias se dieron, la gente adecuada y linda me ha tendido la mano para que yo tome esta decisión.

Una invitación de Marie, el interés de Natalia, la aceptación de mis compañeros y de mis nuevos alumnos...

Así que ya tengo 2 años haciendo limonada y me encuentro feliz, aprendiendo más sobre esta vida y caminando, eso sí, mucho.

La filosofía de María Montessori, la manera en la que se relaciona uno con el ser humano en desarrollo es muy especial, y permite que no sólo aportemos lo necesario a los niños y niñas (sí, creo que no hay que dar por hecho que se habla de ambos géneros sino que hay que resaltarlo hasta que construyamos una realidad de respeto e inclusión verdadera) sino que además nos permite a los adultos ser también "seres en formación constante".

Así que disfrutando de hacer limonada, simplemente "soy".

jueves, 28 de septiembre de 2017

Las enseñanzas de don Miguel

Mike, el Sapo...

Tuve la suerte de ser invitado al Clan de Rovers del Grupo 92 de la Benito Juárez por mi amigo Arturo López-Gallo. Sólo dijo algo como que "le latía que íbamos a encajar en ese grupo de amigos". La cosa es que llegué al Clan de los Dragones de San Jorge cuando menos lo esperaba, pero Arturo tuvo razón: encajé allí, debo decir que no con todos pero sí con varios de ellos, y me gustó el código de ética y la propuesta de estilo de vida que propuso BP, Baden Powell, el fundador, para nosotros.

Quizás un año después de haber estado con el Clan, reuniéndonos cada viernes por la noche y a pesar de las protestas de mi padre por salir tan tarde, nos quedamos sin Jefe de Clan. Y alguien mencionó en una junta que se había acordado invitar a un tal Miguel Martagón para que considerara ser nuestro Jefe. En la vida había oído su nombre, pero por alguna razón me sonó familiar.

La primera junta que tuvimos con él, en el cuarto medio especie de ático en una de las casas de los claneros, creo que fue la de Luis Alberto, Mike llevó plastilina y nos puso a hacer esculturas de nosotros mismos, a manera de presentarnos ante él, y claro, para que él mismo viera por "debajo de esa escultura" quiénes éramos un poco más profundamente de lo que veíamos o queriamos revelar. Y años después me dijo que no olvidaba ese cerebro que yo hice, con una cable y una clavija que no sabía dónde conectar.

En nuestra segunda junta con Miguel, yo había pedido un tiempo para comentar con el Clan un mensaje que creía importante, y que estoy seguro que los recortes del mismo están en una de mis cajas de libros. Aún no sé la razón que me impulsó a recortar en una revista que por "casualidad" llegó a mis manos, una entrevista a Daniel Ruzo, acerca de las esculturas protohistóricas que abundan en el planeta y que son señales, arcas de Noé en las que se guarda el conocimiento adquirido en miles de años por civilizaciones que de vez en cuando -Daniel Ruzo mencionaba que cada 2 mil y pico de años multiplicado por 4- son borradas de la faz de la tierra por una catástrofe natural que tiene su origen en los 4 elementos, aire, tierra, fuego y agua.

El libro de Daniel Ruzo, "El Valle Sagrado de Tepoztlán" me llamó la atención por el mensaje en que se nos urgía a estar listos, preparados para la siguiente hecatombe, que según Ruzo, está próxima. Y era precisamente en el Tepoztlán que yo comenzaba a visitar con mis hermanos Scouts, al acampar en Meztitla.

Mientras yo hablaba con pasión -creo recordarlo claramente- Martagón me miraba en silencio, y algún cierre dio a mi presentación. Días después me invitó a platicar acerca de ella: él mismo fue amigo personal de Daniel Ruzo, quien le mostró tda la información de la Cueva de Concha, escondida en las montañas sagradas de Tepoztlán, y que Martagón había escalado, buscándola. Ruzo, por su avanzada edad no podía andar como chapulín, pero Mike sí. Inclusive me platicó que llegó a emborrachar a uno de los mayordomos indígenas para sacarle el secreto de dónde estaba la Cueva de Concha, pero el mayordomo se negó a decírselo, porque "tú lo que quieres, güerito, son las máquinas", esas que se rumora son de un origen extraterrestre y que están allí aún...

La aparente coincidencia de que yo trajera a discusión ese tema, esa noche, con Mike presente y él habiendo buscado esa cueva por años, inclusive habiendo vivido en Tepoztlán para encontrarla, le dio a Mike una pista de que algo tenía que enseñarme. Y a partir de ello, fue mi maestro, mi gurú en temas por demás variados, pero siempre con la misma tonalidad: conocimiento oculto, esotérico.

Mike fue mi gurú en muchas cosas, en temas por demás fuertes e interesantes, pero sobre todo fue un amigo, el más cercano, importante, e influyente para mi formación. Y tuve el honor de haber podido entrar a su mundo más íntimo, más cercano, más personal. Siempre con respeto y con mucho cuidado, con paciencia, me dejó ver al Miguel, al Ángel, al ser frágil y al ser fuerte, al poderoso intelectual y al compasivo y exigente Scout.

Se reía de los intentos de algunos por descubrir ese mundo al que tuve un acceso privilegiado, y que sólo puedo explicar por un cariño correspondido que me obsequió, no sé si merecido, pero sí sé que muy bien correspondido.

A raíz de mi decisión de vivir en Chihuahua, y pese a sus advertencias y podría decir, su enojo, dejamos de vernos con frecuencia, pero cuando lo visitaba en la ciudad de México, siempre me recibió igual, amable, efusivo, siendo siempre mi gurú, y mi guía.

Quisiera haber podido verlo más, aprender más, recibir más porque su energía era tanta que nos daba lecciones y apoyo a cientos de amigos a la vez, casi todos Scouts. Hoy, quizás ya pudo volver a ver a Mike Tena, quien no dejó de enviar mensajes, quizás ya puede verme, vernos desde un lugar que seguro nos preparará, ya que ese bello señor, capricornio siempre, vino a eso: a preparar el terreno.

Mike, Sapo, Miguel, gracias por dejarme vivir ese mundo, las enseñanzas de don Mike, y por mostrarme los caminos del guerrero. Siempre intentaré honrarte con mis hechos.

~lm

28 de septiembre, 2017.

lunes, 9 de junio de 2014

A veces la vida nos da una segunda oportunidad...

Y en ocasiones una tercera, una cuarta, una quinta. Y pasamos por esta vida sin darnos cuenta, sin valorarla y dando por hecho que tenemos algo tan frágil como algo dado.
Me pregunto en ocasiones, "¿qué es la vida?"
Aparentemente un proceso continuo de reacciones químicas, fisiológicas, algo no fácil de explicar pero que sin duda, una vez que se corta ese 'continuo', por ejemplo, al interrumpir la aparente mecanicidad del corazón, al bajarle el switch y desconectarlo... se acabó. Todo se apaga.

En ocasiones ese apagón viene no sin una serie de dolorosas lecciones que -según me dicen los que saben- son nada más y nada menos que una "preparación para dejar este vehículo y trascender" a otros estadios. ¿Será?

Quisiera creer que sí, porque de cercanas experiencias he visto, por ejemplo con mi padre, cómo se transformó la dureza en (algo que acabo de escuchar) una "ternencia" increíble. Ternencia viene de la ternura necesaria para tratar a los otros y a uno mismo pero no es nada sin la paciencia.

En fin, que sólo nos queda agradecer pero con la obligación de vivir más intensamente que antes. No podemos ser indiferentes -o no deberíamos serlo- ante esas bellas, hermosas oportunidades de seguir aquí. Como lo dijo Nezahualcóyotl:
"Sólo una vez perecemos,
Sólo una vez aquí en la tierra."

viernes, 1 de febrero de 2013

Carta a mis hijos: el abuelo Luis


Carta a mis hijos…

Hace poco me dijo mi hija Nallely que casi no les cuento nada de la familia, de mi familia. Que no saben mucho de ellos, y ésta es una idea que tenía de hace tiempo. Así que les escribiré las ideas que vayan llegando a mi mente acerca de mis ancestros, de quiénes fueron mi familia y cómo estoy en este mundo.
Mi padre me contaba poco, pero fui descubriendo  detalles con el tiempo, con lo que me contaba mi tía Estela, y he ido armando un cuadro de los Díaz González. Intentaré platicarlo de la mejor manera.
Mi padre fue el 3º de 7 hermanos que vivieron. Ellos fueron:
·         Celia (1928), mi madrina de bautizo y vecina de mi madre en Villa Coapa.
·         Estela, (1930)
·         Mi padre, Luis (1932-2003), pero según su acta de bautizo fue Zeferino Luis Rafael.
·         Rafael, (1934) quien vivió en Cadereyta, Querétaro.
·         René (1938-1979), el menor quien falleciera en Ayutla a los 40 años.
·         Saúl, quien murió muy joven, de bebé. Por eso el hijo de Caro se llama Saúl.
·         Otilia, quien quedó de 20 días de nacida al morir mi abuela.





Mis abuelos fueron Rafael Díaz y Otilia González. Mi padre se parecía mucho a mi abuelo, al menos de joven. Mi abuela Otilia murió del corazón muy joven, mientras mi tía Celia le lavaba los pies. Al levantar la cabeza y decirle que ya había terminado, la vio agachada. Entonces mi abuelo Rafael quedó viudo y a cargo de sus hijos. Me cuentan que pasó graves apuros económicos y me tocó alguna vez leer una carta en la que contemplaba dejar este mundo ante sus penas, pero lo detenía el hecho de dejar a los hijos solos. Esa carta la tuvo mi padre pero se la regaló a mi tía Estela hace unos años.

Al morir mi abuela Otilia, mi abuelo Rafael decidió que las hijas mayores, Celia y Estela, se fueran al DF con mi tío René. Estuvieron allí un año, hasta que mi abuelo decidió que era mejor tener a la familia unida. La foto que está aquí es de cuando estuvieron ese año en la Cd. De México. Fueron a pasear al bosque de Chapultepec. En una ocasión, según recuerda mi tía Estela, se fueron al cine ‘Politeama’ y perdieron a René, y por más que lo buscaron, no lo encontraron. Regresaron a la casa a ver si ya había llegado pero no estaba allí. Se fueron al cine nuevamente y no lo encontraron. Regresaron a la casa y un señor que se acomidió de él lo llevó. Lo bueno es que dicen que era “muy abuzado” y supo darle señas al señor para que lo llevara a casa. Las tías se llevaron una buena cueriza que les dio el tío Cayetano… La foto de abajo es del paseo a Chapultepec.

En Ayutla, mi abuelo tenía unas cubetas, de esas que se usan para acarrear el agua del río, unidas por un palo. Para cada hijo tenía un par, y se los llevaba al río y traían agua a la casa, pero todos los hombres tenían que trabajar. Yo creo que desde allí viene mi afición por el trabajo en casa.
Una cosa que me llama la atención es que hacían “gaseosas”: agua de sabores, de frutas a la que le ponían gas. Mis tías eran las encargadas de hacer el agua fresca de frutas y mi abuelo compraba cilindros de CO2, éste era inyectado a las botellas y luego mi padre le ponía las corcholatas. Éstas se llaman así porque por debajo de la lámina, llevaban corcho. A mí me tocó de niño ver los refrescos con estas tapas. A veces les quitábamos el circulito de corcho y con él jugábamos.
Para vender las gaseosas, mi padre y sus hermanos tenían que recolectar las botellas de vidrio de las casas. En ese tiempo las rejas de las botellas eran hechas de madera (a mí me tocó verlas y acomodarlas en la tienda de mis abuelos). Luego las lavaban y las rellenaban. Esto era peligroso ya que si las botellas venían resquebrajadas, explotaban al ponerles el gas. Mi padre tenía varias cicatrices de cuando le estallaron las botellas. Entonces mi abuelo inventó una malla de alambre en la cual se metían las botellas y allí adentro se les inyectaba el gas. Si llegaban a explotar, los vidrios quedaban atrapados en la malla.
Además mi padre vendía el periódico de casa en casa, el Novedades. Les llegaba por avioneta todas las tardes, con un día de retraso con respecto a la Cd. de México. Pero a mi padre le gustaba irse al billar, y a veces cuando salía ya no podía vender el periódico porque el niño que vendía el Heraldo se le había adelantado. Entonces le mentía a mi abuelo y le decía que le habían quedado a deber, pero cuando lo descubrían, le daban unas buenas palizas.
En una ocasión en que mi padre andaba vendiendo el periódico le dijeron que en una cantina habían matado a un señor.  Él fue de curioso a ver, y se encontró con que ese señor era mi abuelo. Al intentar detener una pelea, le cortaron la yugular
con un cuchillo y se estaba desangrando. Minutos después llegaron sus hermanos, también de curiosos.
Mi padre tenía 7 años al morir su madre, y 12 cuando murió mi abuelo.  Por tanto fue huérfano de padre y madre a temprana edad.
Después de estar en Ayutla, mis tías se fueron a la Cd. de México, en donde vivían sus abuelos maternos, los papás de mi abuela Otilia. De hecho ella era la única que vivía en Ayutla, ya que su padre había salido huyendo ante las amenazas de un marido ofendido porque le andaba bajando a  la esposa. Ante el temor de ser muerto, mi bisabuelo materno, Cayetano González agarró a su familia, sus chivas y se fue al D.F.
Allá recibieron a mi tía Celia primero, quien tuvo que trabajar para poder pagar el pasaje y llevarse a mi tía Estela. Ellas dos trabajaron para llevar a mi padre, y luego a los otros hermanos, uno a uno.  Vivían en la casa pero nunca fueron bien aceptadas. Eran discriminadas y maltratadas, además de que unas de sus tías tenían  sus aventuras. Alguna vez me dijeron que una de ellas metía a escondidas a su novio por las noches, y que en la cama que compartía con mi tía Celia, el tipo quería aprovecharse también de ella. Así que ante esos tratos, las hermanas se independizaron y se fueron a vivir a un cuarto de azotea. El catre en el que dormían era tan pequeño que se acomodaban de “cucharita”, y cuando una se volteaba, la otra tenía que girar también. Se bañaban entre cartones, afuera del cuarto, con unas cubetas. Mientras una cubría la entrada con toallas, la otra se bañaba.
A mi padre se lo llevaron primero de Ayutla a Acapulco, donde aprendió rápidamente a hacer mandados y ganarse el favor del señor que lo recibió. Él quería que se quedara allí pero mis tías se lo llevaron al D.F. y lo internaron en la escuela Rafael Dondé, una escuela de asistencia social. En ella hizo la secundaria y le permitían salir los fines de semana. Creo que le daban como 20 centavos a la semana, y tenía que tomar el tranvía para ir a ver a las hermanas, pero prefería caminar para ahorrar unos centavos y dárselos a mis tías.
A veces él iba los fines de semana con sus tíos, pero lo criticaban porque comía mucho y no se sentía a gusto. Después, estudió en la vocacional del Instituto Politécnico Nacional y en el Instituto de Enseñanza Superior en Contaduría y Administración, IESCA. Terminó su carrera de contador público pero no se tituló. Al tiempo que estudiaba, trabajaba en la Secretaría Armada, algo como el ejército.
Entre sus primeros trabajos, estuvo en el INPI, Instituto Nacional de Protección a la infancia, que fundó el presidente López Mateos en los 1960’s, y mi padre llegó a ser Jefe de Institutos Regionales, es decir, de los INPIs del país. Trabajó lado a lado con la esposa del presidente, la Sra. Eva Sámano de López Mateos. Lo que en ese tiempo fue el INPI es ahora el DIF.
En estas fotos se ve a mi padre acompañando a la primera dama, la esposa del Presidente López Mateos inaugurando obras.

Una de las cosas que más orgullo me da, es ver como en apenas algunos años logró salir de su aparentemente negro porvenir y llegar tan alto.
Algunos de mis recuerdos más antiguos, de mis memorias más viejas son precisamente en el INPI. Estaba por las calles de Emiliano Zapata, muy cerca de la Av. División del Norte. En una de esas calles había un kínder para los hijos de los trabajadores, y allí asistí los 3 años de pre escolar. En ese kínder había un gran salón lleno de triciclos que a veces nos dejaban sacar, y tenía también un dormitorio y salón comedor con mesas chiquitas. Yo me iba con mi padre todas las mañanas, me dejaba en el kínder y él se iba a la oficina. A mediodía regresaba por mí. A menudo, cuando llegaba a recogerme estaba yo dormido y me iban a despertar. En la entrada había una señora de edad mayor, canosa y muy cariñosa que me decía “el ratón Miguelito” por mis orejas. Recuerdo muy claramente cuando mi papá me amarraba las agujetas de unos botines negros, en los bancos de la salida del kínder. Yo tendría unos 4 ó 5 años y es ése uno de mis recuerdos más viejos.
Por las mañanas nos daba mi madre huevos tibios (¡guácala!!), a Rafael le gustaban pero a mí me revolvían el estómago. Mi madre nos tejió unos chalecos café que usábamos por debajo del uniforme del kínder y el estambre picaba mucho. Nos íbamos en un Ford Falcon que tenía en esa época. Siempre tuvo coches de dos puertas porque le daba miedo que nos saliéramos por las puertas traseras y él prefería ser un poco controlador en eso.
Cuando me dijo que le habían ofrecido un nuevo empleo y que se iba a ir del INPI yo me sentí un poco inseguro (o un mucho). Quizás de allí venga un miedo natural al cambio. No me gustó mucho la idea pero así es la vida, ¿no? Se lo llevaron a trabajar a la delegación de Coyoacán, y fue muy bueno para él. Se desarrolló mucho y vinieron tiempos buenos.
Su jefe era el delegado, y él era su secretario particular. Arreglaba muchos de sus asuntos personales y tenía que lidiar con mucha gente. Llegó a ser muy apreciado y reconocido en toda la delegación, y eso tenía sus ventajas. Por ejemplo, tuvo un palco en el estadio Azteca por varios años, y podíamos entrar hasta el estadio en el carro. Durante años me llevó a todos los partidos que podía: jueves por la noche (8:45 a 11:00 p.m.), sábado por la tarde, a las 5:00 p.m. y los domingos a mediodía. Allí jugaban en esa época el América, Cruz Azul, Atlante y Atlético Español (que ahora es el Necaxa). A veces nos llevaba a los vestidores y hasta a la cancha llegamos a ir, después de un partido, a jugar en la portería que la veía enooorme. Nos poníamos allí todos los primos y ellos disparaban a gol. Casi siempre metían el balón. En dos ocasiones me tomó fotos con los equipos, una vez con el América y otra con el Cruz Azul.



En otra ocasión, al delegado le pidieron inaugurar la temporada en el Azteca. Y como a él no le gustaba el fútbol mandó a mi padre en su representación. Así que hasta una inauguración de campeonato le tocó. Fue un sábado por la tarde, y precisamente jugaba el Cruz Azul. Debió haber sido en septiembre de ’75. En las fotos aparece Mario Rubio, el árbitro internacional que fue su amigo en el ejército.
Fue también en ese tiempo en el que abrió su pozolería, la Costa Chica. Una tarde me llevó a un edificio en Coyoacán y me dijo que iba a abrir un restaurant. Recuerdo que unos trabajadores estaban pintando la fachada  y yo veía para arriba. Estaban pintando el nombre, y por dentro el tío Cayetano pintó un mapa del estado de Guerrero y el escudo. Lo hizo con marcadores Berol y le quedó bien (o así lo veía yo). Se vendía pozole todos los viernes por la tarde, sábado y domingo. En ese lugar ahora hay un restaurant argentino, pero por muchos años estuvo la “Costa Chica”. 
No estaban los toldos o lonas, solo la pared blanca y el nombre del restaurant. La entrada estaba por el lado izquierdo, en la calle de Asia # 10. Se servía pozole blanco y a veces el verde. Además íbamos a menudo a comprar un mezcal guerrerense, la marca era “Chichihualco” y era muy bueno. Lo compraba  en la ciudad de Cuautla, en Morelos. Y mandaba traer las ricas chalupas de Tixtla. Así que se comía en verdad un buen pozole, con los  ingredientes que ustedes saben que me gustan. Los sábados eran de mucha bohemia, yo no estaba allí salvo en raras ocasiones, pero los amigos de mi padre iban a cantar y tocar la guitarra todo el sábado por la tarde. Ese día mi padre llegaba por lo general tarde a la casa. Los domingos eran más familiares: nos íbamos a abrir el restaurant como a las 10, de allí al estadio de 12 a 2 pm, y después a comer en la pozolería.
A veces nos llevaba mi madre a misa en la parroquia de Coyoacán, cosa que no nos gustaba mucho, pero no había de otra. Nos íbamos caminando por las calles y pasábamos por la Conchita, la casa de la Malinche y hasta el centro de Coyoacán.
Las tardes eran muy tranquilas y tuve la suerte de vivir allí cuando casi no había tráfico, gente, hippies, mercado. Entonces se podía disfrutar mucho.
Además mi padre me llevaba a sus oficinas cuando teníamos vacaciones. Él trabajaba en la casa de Cortés, y yo podía jugar por los pasillos y en el kiosco y parque. No eran tiempos de peligro.
Fue allí cuando una noche que salimos tarde escuchamos a un señor gritando “hot cakes, hot cakes, calieeeentitooos”. Mi padre me llevaba a veces, y cenábamos hot cakes. Este señor empezó a hacer figuras con la masa, y entre las primeras que hacía era mi cara, con orejas grandes. Después se hizo famoso y ahora sus hijos continúan el negocio en el mercado de comida del Coyoacán. Al principio se ponía en un puestito muy pequeño enfrente de una tortería que también salió en la película de “Lagunilla mi barrio”. Ahora hasta en youtube pueden ver a este señor y a sus hijos: http://www.youtube.com/watch?v=JWJaMwIdawM

 Casa de Cortés, en Coyoacán. Aquí trabajó mi padre.
 Casa de la Malinche, frente al parque de la Conchita.