domingo, 27 de enero de 2019
Hoy es domingo...
Hoy ha amanecido y como es domingo, me he vuelto a acostar sin ninguna preocupación, sin ningún remordimiento.
Ese sentimiento de paz, de relajación que nos regalan los domingos en los que no tenemos ninguna cita es algo maravilloso, sobre todo en la era del estrés, de las prisas, de "las carreras" como dicen en uno de mis tantos pueblos en los que he vivido.
Y al regresar a la cama, al estar en ese delicioso segundo "pestañazo" me desperté recordando los domingos en mi pueblo, Ayutla, el original (porque ahora soy como Facundo: ni de aquí ni de allá).
Aún antes de despertarnos, de que mi tía Julieta se levantara del catre donde durmió tanto años en la Casa Grande -junto a la ventana- y al cual yo acudía para ser aún más consentido en mi primera infancia, sonaban ya los ruidos maravillosos de un mundo que ya se fue, que ya no existe. Yo cerraba los ojos y me metía debajo de la sábana y esa cobija roja y negra, de cuadros para escuchar esos ruidos: los chillidos de los marranitos arrancados de sus madres y sus tetas, amarrados del cuello y arrastrados al puente sobre el Palate- el río que pasa junto a la casa- mientras se llegaba la hora de llevarlos a vender al mercado era uno de esos primeros ruidos; luego venían los diálogos a grito pelado, a veces en español, a veces en mixteco o en idiomas de los que conozco poco y conocí aún menos en esos años; y a veces los gritos y las pedradas y las molestias a Chencho Palomo, el ciego del pueblo y al cual los niños no le tenían piedad ni misericordia. Ni siquiera los domingos.
Y por supuesto, el domingo era uno de los días más activos en "La Perla del Pacífico" la magnífica tienda de mis bisabuelos. Se llenaba de clientes de todos los ámbitos, de todos tamaños, de todos colores. Entraban diciendo, exigiendo, casi gritando "¡Quiero!" y la respuesta obligada era "¿Qué quiere?" y sólo entonces venía la respuesta, "Quiero clavos", o "Quiero tantos metros de mecate", o quién sabe cuántas cosas.
Esa tienda tenía todo tipo de mercancias: clavos y tornillos, sobres para cartas, crema para el cabello "Wildroot", pilas "Ray-O-Vac" y "Eveready", mecate (lazo) en varias medidas y unos carretes enooormes, ropones para bautizo, lámparas de petróleo, yodo líquido, creolina, telas por metro, tinas de acero galvanizado en todos los tamaños, machetes, galletas en latas cuadradas de 20 litros de capacidad, chicles "Adams" y dulces en frascos a los que asaltábamos a cada rato, cajas de lápices de colores con una brujita y cuadernos escolares, navajas para rasurar, velas de cera, brillantina para el cabello "Jockey Club", cigarros "Faros", y ya-no-recuerdo-cuántas-cosas-más en las repisas, estantes, anaqueles y claro, en las dos bodegas que estaban atrás de la tienda. Tenían un gancho con una vara enorme, como de bambú para bajar las cosas que colgaban de la viga o que estaban fuera de todo nuestro alcance.
Y esas mercancías se vendían durante todo el domingo en más cantidad y en un horario continuo de 7 am a 8 pm, siempre bajo la mirada atenta de Papa Chú, el bisabuelo estricto que nos tocaba una campanilla para reunirnos para el desayuno y una campanota de cobre para la comida. Eso sí, la tienda no se podía dejar desatendida durante las comidas y ¡ni hablar de cerrarla! Se turnaban mi madre, Conchita, y mi madre postiza, Mami Yuli, a veces la tía Lucía para que los clientes siguieran siendo atendidos...
Asistir a misa, a menudo a fuerzas, casi arrastrados como marranitos de mercado era parte del domingo, y pocas veces nos salvábamos porque había que quedar bien ante la tía Lucía y en Ayutla el qué dirán está más en la sangre de la gente que el mismo ADN. El pueblo entero vive todavía para evitar dar muestras de nada mientras que todos hablan mal, "chismean" de todos y de todo. Así que en la misa teníamos que aguantar, resistir para poder irnos corriendo al río a nadar después. Ese era el premio. Mientras tanto, allí estaban las visiones de las imágenes de Jesús en un ataúd con paredes de vidrios, lleno de sangre, con la corona de espinas y las muestras de los clavos en las manos y los pies. Las de los santos y las vírgenes, la del Cristo en la cruz, quizá con más sangre. Las bancas llenas de gente, mujeres blancas, pudientes, con velos en la cabeza y abanicos que se movían sin cesar -porque al igual que los musulmanes que hoy son tan criticados- las mujeres en el catolicismo también eran impuras o al menos indecentes si entraban al templo sin velo. Estaban las mujeres que con todo y velo sacaban el seno moreno para alimentar al crío, pequeño o grande- y que claro, eran centro de las miradas flamíferas de las mujeres blancas 'decentes', las de las familias que hoy vemos en la película de Roma, eran prontas para darse golpes en el pecho con el yo pecador mientras que discriminaban a todos quienes consideraban menos: los indios, los guancos, los prietos, los negros de la costa, etc.
Cuando salíamos de la misa dominical corríamos a casa a ponernos los trajes de baño y a buscar a los primos para ir al río, al Tlachichoco en algún tiempo, al Resbaladero las más veces, con Chuchín y Paco. Íbamos con toallas de playa, con pelota, con cuanta cosa se nos ocurría. A veces íbamos al Remanso, la parte más limpia del río, pero había que caminar mucho más. El Remanso fue nuestro años después, la parte a la que siempre íbamos pero ya cuando teníamos doce, trece años y acompañados de otros primos, Joel, Illich, Karen, Cindy, Pol, Yul... y pasábamos a comprar una paleta de ida para aguantar el calor, y otra de regreso, porque ya veníamos sudando de nuevo, a pesar de venir frescos del río...
Al caer la noche y llegar la hora de cerrar la tienda, se hacían las cuentas en la tienda, se contaba el dinero del cajón, ese que estaba bajo la parte del mostrador cubierta con lámina y remachada con clavos que a veces nos raspaban la parte anterior de los muslos al sentarnos y brincar al suelo.
Se cerraban las puertas, con aldaba en el centro, con pasador abajo y arriba, y con tranca de madera, como me decían se hacía en la época de la revolución, de cuando venían los alzados... Así terminaban los domingos en mi pueblo.
En fin, hoy es domingo, pero mis domingos ya son de otro mundo, de otra era...
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