lunes, 6 de agosto de 2018

El descalabrado del Tlachichoco

Esta no es una leyenda, a pesar de lo que el título sugiere. Es una historia de la vida real que nos tocó vivir cuando teníamos unos 11 ó 12 años. Debe de haber sido en el ’79 o en el ‘80 porque el “Valiant volare” anaranjado de mi padre estaba casi nuevo. Fue un jueves a mediodía que llamó mi padre por teléfono: “Arreglen las cosas que nos vamos a Ayutla”. No sé de dónde nos salió la idea a mi hermano y a mí y nos atrevimos a preguntar si podíamos llevar a Fernando y a Raymundo, dos primos hermanos, y menos aún sabemos por qué mi padre, sin mucha insistencia de parte nuestra nos dijo que sí. Tampoco sé las razones que mi padre le daría a mi madre para no llevarlas a ella y a mi hermana. El caso es que nos fuimos a Ayutla “solo los hombres”: mi padre, mi hermano, mis dos primos y yo.

Para cuando amaneció el viernes, ya íbamos fuera del D.F. y después de dormitar un rato nos despertamos de lleno en las curvas bajando de Cuernavaca a Iguala. Solo Rayo iba dormido, y por cierto babeando... Al despertarse preguntó “¿Qué, ya vamos de regreso?” lo cual nos dio mucha risa. En eso estábamos cuando Rafael, quien iba al centro del asiento trasero, alcanzó a decir un “chale” entre líneas, y mi padre le dio unos buenos coscorrones, insistiendo que “hablara bien”. Las risas se acabaron por un rato, pero el mensaje había quedado flotando: nos íbamos a tener que cuidar de hablar sin groserías y frases aprendidas en la “unidad”, allá en la colonia Iztacalco o cerca de la casa de Rayo, allá en San Jerónimo, o por supuesto, con los amigos en Villa Coapa.

Ya en Ayutla, más tardamos en llegar a casa de mi tía Lucía que en ponernos en traje de baño y salir “disparados” al río. Era mediodía y no podíamos irnos hasta el “remanso”, aguas arriba, porque implicaba caminar más de media hora con el sol de lleno. El río Ayutla está “dividido” en partes según sus nombres, siendo el remanso la parte más alta, luego la poza azul, el resbaladero, la ceiba, el tlachichoco, la cazuela, el salto…

Quién sabe qué nos picó ese día que llevábamos toallas de playa (creo recordar que Rafael tenía una con franjas rojas simulando un vestidor detrás del cual asomaba las piernas una muchachona y yo llevaba una de sirena...), grabadora con los casetes de “Kiss”, pelota, y un tambache de cosas que apenas podíamos cruzar el río sin que se nos mojara todo. En fin, parecíamos Acatecos, vendedores de Acatlán, famosos por cargar con grandes cargas de mercancía.

Decidimos pues quedarnos atrás de la casa de Chú Avilés, en el Tlachichoco, lugar donde el río se separaba en dos brazos y la especie de isla que quedaba en medio era bastante amplia. Pasada ésta encontrábamos una buena corriente, un túnel entre las piedras al que llamaban “la cueva” y a los lados dos grandes piedras de las que se podía brincar al agua para llegar al otro lado con las habilidades de chango, o mejor dicho de los ahora extintos en Ayutla “perros de agua” o nutrias de río, para salir y entrar del río sin resbalarse en las piedras a veces llenas de jabón por la ropa que ponían a secar las señoras. Se podía jugar al pinto, una variante de “la roña” o “las traes” (por acá en Chihuahua los niños dicen “la trae”).

Llegamos a las piedras donde acostumbrábamos poner las cosas y allí estaban ya los chamacos jugando desde hacía rato, bien renegridos por el sol y bañándose en trusa los unos y los otros chirundos. ¡Y “pa’ luego es tarde”! Nos metimos a nadar como si se nos fuera la vida en ello. Alguien empezó el juego del pinto y apenas se lanzó Rafael al río en pos de la corriente que quedaba entre la cueva y la piedra, le falló el cálculo y se dio con toda la fuerza del salto y del impulso en la frente, justo en la comisura del cabello: salió gritando un “Pérate, pérate” ¡y con la cara bañada en sangre!

Le dijimos que corriera para donde el doctor, pero recordamos a mi padre: “¡No vayas con mi tío Chucho, allí está mi papá y te va a pegar!” Así es que ya en la calle, enfrente de la primaria, corrió para la "Casa Grande" (la de mis bisabuelos maternos), pero alguien más gritó “¿Y si mi tío está en la casa?” Por lo que Rafael se dio media vuelta y corrió para la casa del tío Chucho. Se oyó un grito: “¡Mi tío se fue a la casa de Chucho!” Y Rafael corría para un lado, y luego para el otro, mientras le seguía saliendo sangre que le escurría por la cara. Esto nos tenía asustados y no sabíamos qué hacer. Al final, tuvo que decidir y se fue con el tío Chucho, y mi primo Rico lo llevó con el doctor, a dos cuadras de allí. Según me contaron, le sacaron media cucharada de arena y le pusieron cuatro puntos y sus respectivos vendoletes, pero no sin antes rasurarle el copete. No lo vi porque me tuve que quedar a llevar los tambaches de babosadas que habíamos llevado al río, y tuve que hacer dos o tres viajes desde las piedras hasta la orilla de la casa de Chú Avilés, y de allí otros tantos a la casa de mi tío Chucho. Para cuando llegué, ya traían al descalabrado de regreso y nos tardamos un buen rato en animarnos a comer algo delicioso seguramente, de lo que la tía Bellita preparaba en esa cocina de piso de tierra, famosa entre los primos por los pasteles y el relajo que echábamos en la mesa.


Después vino el plan: “Vámonos a la Casa Grande, pero ¿quién entra primero? Si entra Rafael, le van a pegar por ‘bembo’ (zonzo o menso). Mejor entramos todos y al final Rafael”. Así lo hicimos, y al pasar por la puerta verde de la trastienda, nos ve mi padre y se levanta como si hubiese tenido un resorte, con la mano levantada, presta a dar uno de los temidos coscorrones, y nosotros que le dijimos “¡No le pegues porque allí tiene la descalabrada!” Pasaron unos segundos, no sé cuántos, y finalmente se sentó en la silla, se río con la cerveza en la mano y preguntó qué había pasado. No recuerdo qué dijimos, ya que solo nos preocupaba el hecho de que no nos dieran una tunda, y ¡nos salvamos! Claro que esa imagen de Rafael saliendo del agua, con la sangre en la cara y diciendo “pérate, pérate” se nos quedó en las pláticas y las anécdotas que todavía nos dan risa, y nos llevan a recordar esas buenas aventuras en Ayutla.

lunes, 30 de julio de 2018

Movin' Out

Bueno, es tiempo de hacer limonadas.

La vida me ofrece limones Montessori, después de haberme hecho pato una que otra vez, es momento de tomar la oportunidad. La oportunidad estuvo tocando a la puerta desde que Nallely hizo su entrenamiento en CdMx y me platicó que "eso era ideal para mí".

Esther se encargó de confirmarlo y el "Colegio de la abejita" (que no lo es, sino que es una libélula) ofreció la "Orientación para estudios de adolescentes" y pensé que esa era mi oportunidad.
Bueno, todavía no. No pudimos conseguir los fondos necesarios, pero bien dicen que todo pasa por algo. En esta caso, el "algo" fue una serie de grandes enseñanzas para mí, desde el pleno convencimiento de tomar la orientación que fue cocinándose hasta alcanzar su mejor punto, hasta el evento que me mostró sin lugar a dudas el lugar en el que uno ya no pertenece, por muchas razones.

Así que ahora, con la sorpresa de que todas las fichas van cayendo en su lugar preciso, en el momento preciso. Pero no quiero ser malentendido: no sólo las circunstancias se dieron, la gente adecuada y linda me ha tendido la mano para que yo tome esta decisión.

Una invitación de Marie, el interés de Natalia, la aceptación de mis compañeros y de mis nuevos alumnos...

Así que ya tengo 2 años haciendo limonada y me encuentro feliz, aprendiendo más sobre esta vida y caminando, eso sí, mucho.

La filosofía de María Montessori, la manera en la que se relaciona uno con el ser humano en desarrollo es muy especial, y permite que no sólo aportemos lo necesario a los niños y niñas (sí, creo que no hay que dar por hecho que se habla de ambos géneros sino que hay que resaltarlo hasta que construyamos una realidad de respeto e inclusión verdadera) sino que además nos permite a los adultos ser también "seres en formación constante".

Así que disfrutando de hacer limonada, simplemente "soy".