Carta a mis hijos…
Hace poco me dijo mi hija Nallely que casi no les cuento
nada de la familia, de mi familia. Que no saben mucho de ellos, y ésta es una
idea que tenía de hace tiempo. Así que les escribiré las ideas que vayan
llegando a mi mente acerca de mis ancestros, de quiénes fueron mi familia y
cómo estoy en este mundo.
Mi padre me contaba poco, pero fui descubriendo detalles con el tiempo, con lo que me contaba
mi tía Estela, y he ido armando un cuadro de los Díaz González. Intentaré platicarlo de la mejor manera.
Mi padre fue el 3º de
7 hermanos que vivieron. Ellos fueron:
·
Celia (1928), mi madrina de bautizo y vecina de mi
madre en Villa Coapa.
·
Estela, (1930)
·
Mi padre, Luis (1932-2003), pero según su acta
de bautizo fue Zeferino Luis Rafael.
·
Rafael, (1934) quien vivió en Cadereyta, Querétaro.
·
René (1938-1979), el menor quien falleciera en
Ayutla a los 40 años.
·
Saúl, quien murió muy joven, de bebé. Por eso el
hijo de Caro se llama Saúl.
·
Otilia, quien quedó de 20 días de nacida al
morir mi abuela.
Mis abuelos fueron
Rafael Díaz y Otilia González. Mi padre se parecía mucho a mi abuelo, al menos
de joven. Mi abuela Otilia murió del corazón muy joven, mientras mi tía Celia
le lavaba los pies. Al levantar la cabeza y decirle que ya había terminado, la
vio agachada. Entonces mi abuelo Rafael quedó viudo y a cargo de sus hijos. Me
cuentan que pasó graves apuros económicos y me tocó alguna vez leer una carta
en la que contemplaba dejar este mundo ante sus penas, pero lo detenía el hecho
de dejar a los hijos solos. Esa carta la tuvo mi padre pero se la regaló a mi
tía Estela hace unos años.
Al morir mi abuela Otilia, mi abuelo Rafael decidió que las
hijas mayores, Celia y Estela, se fueran al DF con mi tío René. Estuvieron allí
un año, hasta que mi abuelo decidió que era mejor tener a la familia unida. La
foto que está aquí es de cuando estuvieron ese año en la Cd. De México. Fueron
a pasear al bosque de Chapultepec. En una ocasión, según recuerda mi tía
Estela, se fueron al cine ‘Politeama’ y perdieron a René, y por más que lo
buscaron, no lo encontraron. Regresaron a la casa a ver si ya había llegado
pero no estaba allí. Se fueron al cine nuevamente y no lo encontraron.
Regresaron a la casa y un señor que se acomidió de él lo llevó. Lo bueno es que
dicen que era “muy abuzado” y supo darle señas al señor para que lo llevara a
casa. Las tías se llevaron una buena cueriza que les dio el tío Cayetano… La foto de abajo es del paseo a Chapultepec.

En Ayutla, mi abuelo tenía unas cubetas, de esas que se usan para
acarrear el agua del río, unidas por un palo. Para cada hijo tenía un par, y se
los llevaba al río y traían agua a la casa, pero todos los hombres tenían que
trabajar. Yo creo que desde allí viene mi afición por el trabajo en casa.
Una cosa que me llama
la atención es que hacían “gaseosas”: agua de sabores, de frutas a la que le
ponían gas. Mis tías eran las encargadas de hacer el agua fresca de frutas y mi
abuelo compraba cilindros de CO2, éste era inyectado a las botellas
y luego mi padre le ponía las corcholatas. Éstas se llaman así porque por
debajo de la lámina, llevaban corcho. A mí me tocó de niño ver los refrescos
con estas tapas. A veces les quitábamos el circulito de corcho y con él
jugábamos.
Para vender las
gaseosas, mi padre y sus hermanos tenían que recolectar las botellas de vidrio
de las casas. En ese tiempo las rejas de las botellas eran hechas de madera (a
mí me tocó verlas y acomodarlas en la tienda de mis abuelos). Luego las lavaban
y las rellenaban. Esto era peligroso ya que si las botellas venían
resquebrajadas, explotaban al ponerles el gas. Mi padre tenía varias cicatrices
de cuando le estallaron las botellas. Entonces mi abuelo inventó una malla de
alambre en la cual se metían las botellas y allí adentro se les inyectaba el gas.
Si llegaban a explotar, los vidrios quedaban atrapados en la malla.
Además mi padre vendía el periódico de casa en casa, el
Novedades. Les llegaba por avioneta todas las tardes, con un día de retraso con
respecto a la Cd. de México. Pero a mi padre le gustaba irse al billar, y a
veces cuando salía ya no podía vender el periódico porque el niño que vendía el
Heraldo se le había adelantado. Entonces le mentía a mi abuelo y le decía que
le habían quedado a deber, pero cuando lo descubrían, le daban unas buenas
palizas.
En una ocasión en que mi padre andaba vendiendo el periódico
le dijeron que en una cantina habían matado a un señor. Él fue de curioso a ver, y se encontró con
que ese señor era mi abuelo. Al intentar detener una pelea, le cortaron la
yugular
con un cuchillo y se estaba desangrando. Minutos después
llegaron sus hermanos, también de curiosos.
Mi padre tenía 7 años al morir su madre, y 12 cuando murió
mi abuelo. Por tanto fue huérfano de
padre y madre a temprana edad.
Después de estar en Ayutla, mis tías se fueron a la Cd. de
México, en donde vivían sus abuelos maternos, los papás de mi abuela Otilia. De
hecho ella era la única que vivía en Ayutla, ya que su padre había salido
huyendo ante las amenazas de un marido ofendido porque le andaba bajando a la esposa. Ante el temor de ser muerto, mi
bisabuelo materno, Cayetano González agarró a su familia, sus chivas y se fue
al D.F.
Allá recibieron a mi tía Celia primero, quien tuvo que
trabajar para poder pagar el pasaje y llevarse a mi tía Estela. Ellas dos
trabajaron para llevar a mi padre, y luego a los otros hermanos, uno a
uno. Vivían en la casa pero nunca fueron
bien aceptadas. Eran discriminadas y maltratadas, además de que unas de sus
tías tenían sus aventuras. Alguna vez me
dijeron que una de ellas metía a escondidas a su novio por las noches, y que en
la cama que compartía con mi tía Celia, el tipo quería aprovecharse también de
ella. Así que ante esos tratos, las hermanas se independizaron y se fueron a
vivir a un cuarto de azotea. El catre en el que dormían era tan pequeño que se
acomodaban de “cucharita”, y cuando una se volteaba, la otra tenía que girar
también. Se bañaban entre cartones, afuera del cuarto, con unas cubetas.
Mientras una cubría la entrada con toallas, la otra se bañaba.
A mi padre se lo
llevaron primero de Ayutla a Acapulco, donde aprendió rápidamente a hacer
mandados y ganarse el favor del señor que lo recibió. Él quería que se quedara
allí pero mis tías se lo llevaron al D.F. y lo internaron en la escuela Rafael
Dondé, una escuela de asistencia social. En ella hizo la secundaria y le
permitían salir los fines de semana. Creo que le daban como 20 centavos a la semana,
y tenía que tomar el tranvía para ir a ver a las hermanas, pero prefería
caminar para ahorrar unos centavos y dárselos a mis tías.
A veces él iba los fines de semana con sus tíos, pero lo
criticaban porque comía mucho y no se sentía a gusto. Después, estudió en la
vocacional del Instituto Politécnico Nacional y en el Instituto de Enseñanza
Superior en Contaduría y Administración, IESCA. Terminó su carrera de contador
público pero no se tituló. Al tiempo que estudiaba, trabajaba en la Secretaría
Armada, algo como el ejército.
Entre sus primeros trabajos, estuvo en el INPI, Instituto
Nacional de Protección a la infancia, que fundó el presidente López Mateos en
los 1960’s, y mi padre llegó a ser Jefe de Institutos Regionales, es decir, de
los INPIs del país. Trabajó lado a lado con la esposa del presidente, la Sra.
Eva Sámano de López Mateos. Lo que en ese tiempo fue el INPI es ahora el DIF.
En estas fotos se ve a
mi padre acompañando a la primera dama, la esposa del Presidente López Mateos
inaugurando obras.
Una de las cosas que más orgullo me da, es ver como en
apenas algunos años logró salir de su aparentemente negro porvenir y llegar tan
alto.
Algunos de mis
recuerdos más antiguos, de mis memorias más viejas son precisamente en el INPI.
Estaba por las calles de Emiliano Zapata, muy cerca de la Av. División del
Norte. En una de esas calles había un kínder para los hijos de los
trabajadores, y allí asistí los 3 años de pre escolar. En ese kínder había un
gran salón lleno de triciclos que a veces nos dejaban sacar, y tenía también un
dormitorio y salón comedor con mesas chiquitas. Yo me iba con mi padre todas
las mañanas, me dejaba en el kínder y él se iba a la oficina. A mediodía
regresaba por mí. A menudo, cuando llegaba a recogerme estaba yo dormido y me
iban a despertar. En la entrada había una señora de edad mayor, canosa y muy
cariñosa que me decía “el ratón Miguelito” por mis orejas. Recuerdo muy
claramente cuando mi papá me amarraba las agujetas de unos botines negros, en
los bancos de la salida del kínder. Yo tendría unos 4 ó 5 años y es ése uno de
mis recuerdos más viejos.
Por las mañanas nos daba mi madre huevos tibios
(¡guácala!!), a Rafael le gustaban pero a mí me revolvían el estómago. Mi madre
nos tejió unos chalecos café que usábamos por debajo del uniforme del kínder y
el estambre picaba mucho. Nos íbamos en un Ford Falcon que tenía en esa época.
Siempre tuvo coches de dos puertas porque le daba miedo que nos saliéramos por
las puertas traseras y él prefería ser un poco controlador en eso.
Cuando me dijo que le habían ofrecido un nuevo empleo y que
se iba a ir del INPI yo me sentí un poco inseguro (o un mucho). Quizás de allí
venga un miedo natural al cambio. No me gustó mucho la idea pero así es la
vida, ¿no? Se lo llevaron a trabajar a la delegación de Coyoacán, y fue muy
bueno para él. Se desarrolló mucho y vinieron tiempos buenos.
Su jefe era el delegado, y él era su secretario particular.
Arreglaba muchos de sus asuntos personales y tenía que lidiar con mucha gente.
Llegó a ser muy apreciado y reconocido en toda la delegación, y eso tenía sus
ventajas. Por ejemplo, tuvo un palco en el estadio Azteca por varios años, y
podíamos entrar hasta el estadio en el carro. Durante años me llevó a todos los
partidos que podía: jueves por la noche (8:45 a 11:00 p.m.), sábado por la
tarde, a las 5:00 p.m. y los domingos a mediodía. Allí jugaban en esa época el
América, Cruz Azul, Atlante y Atlético Español (que ahora es el Necaxa). A
veces nos llevaba a los vestidores y hasta a la cancha llegamos a ir, después
de un partido, a jugar en la portería que la veía enooorme. Nos poníamos allí
todos los primos y ellos disparaban a gol. Casi siempre metían el balón. En dos
ocasiones me tomó fotos con los equipos, una vez con el América y otra con el
Cruz Azul.
En otra ocasión, al
delegado le pidieron inaugurar la temporada en el Azteca. Y como a él no le
gustaba el fútbol mandó a mi padre en su representación. Así que hasta una
inauguración de campeonato le tocó. Fue un sábado por la tarde, y precisamente
jugaba el Cruz Azul. Debió haber sido en septiembre de ’75. En las fotos
aparece Mario Rubio, el árbitro internacional que fue su amigo en el ejército.
Fue también en ese tiempo en el que abrió su pozolería, la
Costa Chica. Una tarde me llevó a un edificio en Coyoacán y me dijo que iba a
abrir un restaurant. Recuerdo que unos trabajadores estaban pintando la
fachada y yo veía para arriba. Estaban
pintando el nombre, y por dentro el tío Cayetano pintó un mapa del estado de
Guerrero y el escudo. Lo hizo con marcadores Berol y le quedó bien (o así lo
veía yo). Se vendía pozole todos los viernes por la tarde, sábado y domingo. En
ese lugar ahora hay un restaurant argentino, pero por muchos años estuvo la
“Costa Chica”.
No estaban los
toldos o lonas, solo la pared blanca y el nombre del restaurant. La entrada
estaba por el lado izquierdo, en la calle de Asia # 10. Se servía pozole blanco
y a veces el verde. Además íbamos a menudo a comprar un mezcal guerrerense, la
marca era “Chichihualco” y era muy bueno. Lo compraba en la ciudad de Cuautla, en Morelos. Y
mandaba traer las ricas chalupas de Tixtla. Así que se comía en verdad un buen
pozole, con los ingredientes que ustedes
saben que me gustan. Los sábados eran de mucha bohemia, yo no estaba allí salvo
en raras ocasiones, pero los amigos de mi padre iban a cantar y tocar la
guitarra todo el sábado por la tarde. Ese día mi padre llegaba por lo general
tarde a la casa. Los domingos eran más familiares: nos íbamos a abrir el
restaurant como a las 10, de allí al estadio de 12 a 2 pm, y después a comer en
la pozolería.
A veces nos llevaba mi madre a misa en la parroquia de
Coyoacán, cosa que no nos gustaba mucho, pero no había de otra. Nos íbamos
caminando por las calles y pasábamos por la Conchita, la casa de la Malinche y
hasta el centro de Coyoacán.
Las tardes eran muy tranquilas y tuve la suerte de vivir allí
cuando casi no había tráfico, gente, hippies, mercado. Entonces se podía
disfrutar mucho.
Además mi padre me llevaba a sus oficinas cuando teníamos
vacaciones. Él trabajaba en la casa de Cortés, y yo podía jugar por los
pasillos y en el kiosco y parque. No eran tiempos de peligro.
Fue allí cuando una noche que salimos tarde escuchamos a un
señor gritando “hot cakes, hot cakes, calieeeentitooos”. Mi padre me llevaba a
veces, y cenábamos hot cakes. Este señor empezó a hacer figuras con la masa, y
entre las primeras que hacía era mi cara, con orejas grandes. Después se hizo
famoso y ahora sus hijos continúan el negocio en el mercado de comida del
Coyoacán. Al principio se ponía en un puestito muy pequeño enfrente de una
tortería que también salió en la película de “Lagunilla mi barrio”. Ahora hasta
en youtube pueden ver a este señor y a sus hijos: http://www.youtube.com/watch?v=JWJaMwIdawM
Casa de Cortés, en Coyoacán. Aquí trabajó mi
padre.
Casa de la Malinche, frente al parque de la
Conchita.



